Reflexión del Evangelio del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

(16/10/16) Evangelio según San Lucas 18, 1-8:
Después les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: “En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: “Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario”. Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: “Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme”.” Y el Señor dijo: “Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”.

En este evangelio Jesús compara, si podemos decirlo así, a Dios con el hombre, y por supuesto que Dios se lleva la ventaja. El hombre es criatura y está herido por el pecado, incluso puede que sea mala su conducta en la vida, y sin embargo es capaz de hacer algo bueno. El juez de la parábola es presentado como un hombre impío con Dios y con sus hermanos los hombres. En una palabra carece del sano temor de Dios que hay que tener y tampoco se cuida de los hombres. Es un total despreocupado de la ley de Dios, y parece que tampoco le importa lo que los hombres puedan considerar o decir con respecto a él mismo y su conducta. Y sin embargo, para evitar ser importunado por la viuda que le reclama justicia, decide concedérsela. Pues entonces cuánto más no lo hará Dios, que es el perfecto, con aquellos que se lo piden. Podemos decir que aquí se encuentra la vía o el camino de la analogía del ser. Todo lo creado guarda una imagen o tiene una perfección que le viene dada de aquel que lo ha hecho. Es así como se puede hablar de Dios. Podemos decir que Platón, Aristóteles, San Agustín y Santo Tomás son sabios. Ahora bien, Platón, Aristóteles, Agustín y Tomás han sido creados por Dios. Entonces deducimos de ello que Dios tiene que ser sabio. Ahora bien, las criaturas son limitadas, en cambio Dios es infinito. Por lo tanto Dios, que es sabio, no es sabio como Platón, Aristóteles, Agustín y Tomás, sino que Dios tiene que ser infinitamente sabio. Lo mismo habría que decir de su bondad y de su santidad. De ahí que si el hombre, que estando herido por el pecado, por lo cual es malo, sabe hacer cosas buenas, ¿cuánto más no las hará Dios, que es el Santo, el Bueno por excelencia? Si el padre humano le da al hijo lo que éste le pide y necesita, y si el juez inicuo hace justicia, pues entonces ¿Cuánto más no dará Dios a aquellos que le piden lo bueno que necesitan, incluida la justicia, en esta vida o al menos en la otra? De aquí la necesidad de orar siempre y sin desfallecer que el hombre tiene necesidad y que Jesús nos aconseja para toda la vida estar en comunión con Dios y su justicia, que consiste en llevar una vida santa y de unión con Cristo. La oración permanente nos tiene que llevar a vivir en la presencia constante de Cristo en nuestras almas. “Permaneced en mí, así como yo permanezco en vosotros”. Para vivir sus mandamientos es necesario vivir siempre de la oración con Dios. Su principal mandamiento es que le amemos, y la oración es amor a Dios. Como decía sor Isabel de la Trinidad: paso mi cielo en la tierra, porque el cielo es Dios y tengo a Dios en mi corazón.
Pbro. José D´Andrea
Capellán Castrense